LIRIOS EN COMPOSTELA

María Eva Rábade Santos

María Eva Rábade Santos

 

 

 

 

El tiempo avanza imponente como un río que fluye seguro y veloz en una sola dirección, o como un jinete que cabalga a lomos de su esplendoroso corcel blanco con la vista fija en el horizonte. ¿Cuántas veces habría ya intentado, más sino en vano, detener el flujo de esta corriente incesante? Numerosas eran las ocasiones en las que, debido al fruto de mi desesperación, había implorado al cielo en busca de esa pausa que tanto ansiaba desde hacía ya mucho tiempo. Sobre todo, desde que la vida de la persona a la que más he querido en toda mi vida dependía de ello; del tiempo.

Fernando era para mí lo mismo que el calor del sol para las plantas, que la inspiración de la brisa marina para el poeta o que, simplemente, el amanecer para los eufóricos pájaros. Sin embargo, desde hacía no mucho tiempo, le habían diagnosticado un nefasto cáncer de piel. Por entonces la enfermedad estaba ya muy avanzada y no había solución posible; Fernando se estaba muriendo. Pese a ello, sus infatigables ganas de vivir y su imperturbable perseverancia, nos habían llevado a realizar un viaje sin retorno, inmerso en lo desconocido y cuyo destino se encontraba en la húmeda, pero a la vez cálida, ciudad de Compostela. Ambos emprendimos la travesía con esperanza, él buscaba pasar sus últimos meses, quizás días, en mi compañía y a su vez realizar algo inolvidable, algo que nunca antes hubiese hecho y que le permitiese alcanzar, en cierto modo, un equilibrio espiritual; yo, en cambio, anhelaba hallar el remedio divino que trajese la cura a su enfermedad. Se lo había prometido.

Tras meses de esperanzadora travesía, nos hallábamos, al fin, tumbados a la orilla de la laguna de las Cañas, acaparando toda la atención del sol sobre nuestros rostros. Una antigua leyenda decía que observando el cielo se descubría la silueta del Brujo de Bargota sobrevolando el pueblo de Viana; yo apenas conseguía concentrarme en vislumbrar la misteriosa figura sin desviar la mirada hacia él.

-No te preocupes, aún respiro - me dijo con una sonrisa en los labios

-Vaya, pensé que te habías dormido – mentí tímidamente desviando la mirada hacia las cristalinas aguas de la laguna.

Su sonrisa se tornó en una luminosa y agradable carcajada.

-¿Sabes? – dijo entremezclando su voz con el murmullo de las sombras –. Siempre he sentido una gran envidia hacia los lirios de agua; se mantienen imponentes y elegantes pese a estar cerca de una laguna con aguas más turbias que el mismo carbón, floreciendo durante seis meses, impasibles a todo lo que ocurre a su alrededor. Son, realmente, fascinantes…

Un profundo silencio se cernió sobre nosotros. Sus palabras me cautivaron impidiéndome articular una mísera palabra. Esa abrumadora descarga de sentimientos iba más allá que una simple descripción sobre los lirios de agua, con ello, mis ojos se inundaron de lágrimas que resbalaban vertiginosamente sobre mi rostro.

-Olvídalo, solo son tonterías – dijo al verme llorar.

Jamás pude hacerlo.

Tras pasar la noche en un acogedor albergue cercano, nos encaminamos hacia el puente de Zubiri donde, según las creencias populares, tantas enfermedades causadas por la rabia se habían curado. Según avanzaba nuestro peregrinaje el color reaparecía lentamente en el rostro de Fernando e incluso la debilidad que antes corrompía su cuerpo se había esfumado como humo entre la niebla.

Avanzamos a la par durante un buen trecho hasta que divisé el puente a lo lejos. Corrí hacia él velozmente, dejando atrás a Fernando, hasta llegar a uno de sus laterales; me arrodillé y rogué al puente sanador que por una vez hiciese una excepción y curase aquel fatídico cáncer de por vida. Al acabar mis plegarias busqué ansiosamente esa sonrisa cautivadora tan familiar. Fue entonces cuando ocurrió. A lo lejos pude ver como el cuerpo de Fernando se tambaleaba y caía al suelo estrepitosamente. El mundo se me vino abajo. Avancé torpemente hacia él, tropezando en reiteradas ocasiones con las piedras que me cortaban el paso, no era capaz de mantenerme en pié. Allí estaba, tirado en el suelo, pálido e inmóvil como una estatua esculpida en mármol. De inmediato me desplomé en la tierra incrédula ante lo que acababa de suceder. Pronunció mi nombre; nuestras miradas se cruzaron.

-Lo siento, no he sido capaz – dijo esbozando una leve sonrisa –. Prométeme que seguirás el camino por mí, solo así podré permanecer a tu lado.

Pese a no entender el significado de esas palabras, asentí derramando fugaces lágrimas sobre su rostro.

-Adiós vida mía.

El brillo desapareció de sus ojos. Me aferré a su cuerpo deseando que todo formase parte de una farsa atroz; creyendo inútilmente que en cualquier momento se despertaría. Pero eso jamás sucedió.

Le había fallado; había sido incapaz de cumplir mi promesa. La amargura corroía mis venas y el desasosiego minaba mis fuerzas; ambos se anclaron a mi cuerpo como afilados puñales que desgarraban mi piel con lentitud, arrastrándome al abismo del olvido. Mi mente, presa de su oscuridad, permaneció recluida durante muchas primaveras.

Desde entonces ya han pasado 37 años. Tras una agonizante batalla en mi interior, logré abrir el candado de la jaula que me esclavizaba. Ahora, ante la esplendorosa catedral compostelana, recuerdo aquel fatídico día y la promesa que realicé en él. Una luminosa sonrisa se dibujó en mi rostro.

-Ahora lo entiendo.

El 24 de Mayo el cuerpo sin vida de una anciana fue hallado ante las puertas de Compostela. Había muerto de agotamiento pero con un peculiar brillo en los ojos. Los presentes afirmaron que en ellos habían visto reflejada la espectacular imagen de unas flores, la imagen de unos fascinantes lirios de agua.